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Domingo 12 octubre 1997 - Nº 527
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De modo que estamos muy jaguares, pero muy jodidos. Claro que algo que los militares chilenos, aunque osados, todavía no se han atrevido a hacer es un juicio de honor en calidad de cornudo consentido, como hicieron los nuestros en un regimiento de Vitoria en 1976, y menos mal que el Constitucional recién revocó la sentencia condenatoria. Porque, tal como está el personal con el ludibrio, nos íbamos a poner en un pico de bajas y nos iban a deslucir una barbaridad los desfiles; digo yo que sale más a cuenta ajustarle las gorras a medida.
Volviendo a Pinochet, produce alivio que haya decidido quedarse en su empleo, esperemos que póstumo, en vez de venirse a España como asilado político víctima de la democracia, que al pobre lo tendríamos que extraditar en el caso de que alguien lo reclamara. Hay que ver lo que le pasa a una en cuanto da la espalda a este país, la que montan éstos del Gobierno de Aznar y de la señora Botella, felizmente rebautizada por mi colega Santiago González como la presidenta António das Mortes desde que se presentó en The Wedding, achampiñonada por el tocado que otrora lució el inmortal héroe cinematográfico de Glauber Rocha, que en paz descanse. Y los de Convergència i Unió van como van, apoyando fascistadas, que como sigan así la gente creerá que uno empieza matando a su madre y acaba rezándole a la Moreneta, cuando es al revés.
Pese a todo, hay algunas señales que permiten mantener, aunque débil, la llamita de la esperanza. Una, el extraordinario éxito del libro Chile actual, anatomía de un mito, en el que el sociólogo Tomás Moulian analiza el «transformismo» que se realizó, a través del cambio de Estado, para perpetuar la infraestructura creada durante la dictadura. Dos, el hecho sobrecogedor de que un millón de jóvenes se ha negado a inscribirse para votar, en un rechazo al sistema que debería hacer recapacitar a los políticos democráticos. Tres, la concesión del Premio Nacional de periodismo de este año a la valiente, tenaz, inteligente y prolífica Patricia Verdugo. Y cuatro, en el Museo de Bellas Artes de Santiago de Chile se ha instalado la memoria, fotografiada por el gran y no sólo fotógrafo Lucho Poirot a lo largo de más de 30 años, acá y en el exilio, y en todos los acás y todos los exilios que hacen de nosotros personas y paisajes con dolor y pasión y belleza y misterio. Y hasta dignidad. |
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