Miércoles
27 mayo
1998 - Nº 754


Aviso a navegantes

EDUARDO HARO TECGLEN

Algunos navegantes solitarios de Internet (o en tripulación: en los cibercafés, que hay muchos en España) se ponen junto a Bill Gates en la pugna con el Gobierno y la justicia de Estados Unidos: aunque sólo sea, dicen, porque hay que desconfiar más del Estado que del capitalista. La disputa es comercial: en el nuevo Windows 98, que estará pronto en los ordenadores del mundo, sólo se admite un navegador, que es el de Gates, con exclusión de los demás. Excluye al más utilizado, Netscape, que puede sufrir un daño grave. Al usuario le da igual. Teme que al ser un cuasimonopolio el precio de conexión suba arbitrariamente. En estas luchas comerciales no hay seguridad de que prevalezca lo mejor, como sería lo pretendido en el liberalismo de mercado (maldito sea).

Cuando los vídeos, ganó el VHS, perdió el Beta, que probablemente era mejor. En los sistemas informáticos, Windows ha desplazado injustamente a Apple, que es mejor. Lo que el navegante teme es que le invadan su territorio y le quiten su libertad. Hay más riesgo en el Estado que en la empresa. Los Estados, sedientos de control, han sacado su lenguaje de siempre, el que trabaja sobre unas mentalidades prefabricadas por ellos mismos: la pornografía, los niños, el terrorismo. El miembro de esta tríada clásica con menos enemigos es la pornografía, pero como está bajo el peso de la vergüenza, nadie se atreve a decir nada.

Los niños: pueden aprender lo que no deben -son hábiles manipuladores de la informática-, que son "cosas de mayores"; o ser utilizados por el pornógrafo. Y el terrorista: se han encontrado en la red recetas para hacer bombas. Es ridículo pensar que el bombardero necesita de este sistema para sus artefactos, y que no tiene otro. La lucha de los grandes poderes por adquirir los sistemas de comunicación y de transmisión de la palabra, desde el periódico hasta el teléfono, pasando por el correo, la radio y la televisión, se va desenvolviendo hasta ahora a su favor.

Véase nuestro país, donde los gritos clásicos de pornografía, inocencia y crimen se usan para quedarse con las emisoras y para colocar escuchas y micrófonos, incluso con un juez ad hoc: no sabemos dónde pueden terminar. Ahora pelean por Internet, que mantiene las mejores libertades y las peores. Convendría impedírselo. Y si no se consigue habrá que inventar otra cosa.