Viernes
27 marzo
1998 - Nº 693


Los padres blancos

EDUARDO HARO TECGLEN

Clinton en África: bienvenido Mr. Marshall. Le querían tocar y el dios blanquísimo -lechoso, aguado- se enfadaba: la mejor foto de esta semana: «Noli me tangere», decía Jesús a Magdalena (Juan, 20,17). El que puede llevar la lluvia; y el que pide perdón por la esclavitud. ¿Qué le pueden dar ellos, a cambio de tanta bondad? No le irán a entregar una virgen felante, aunque no le vendría mal en estos momentos; mejor, varias. Antes se hacía. Pero sí le van a dar buenos votos: los de los hijos y los nietos de los esclavos que hicieron sus antepasados. Y que hicieron los nuestros. Y los de toda la Comunidad Europea, y los de toda la Organización del Tratado del Atlántico Norte. Fue una gran operación que Hitler mismo no llegó a mejorar: matamos a los indígenas de América, y luego tuvimos que llevar allí a los de África para que hicieran el trabajo. Desde el punto de vista económico fue algo estúpido: mejor esclavizar a los que ya estaban allí. Luego se intentó devolver algunos a África para que instalasen allí la libertad: Liberia es uno de los más tristes países del mundo. En fin, los europeos arrasamos África, los americanos también. Cuando dejamos de importar esclavos, entramos allí a colonizar -pobre Colón, qué palabra dejó al mundo-: y nos fuimos cuando ya no quedaba nada. La civilización cristiana se volvió a sus lares; ya la máquina, ya la industria, ya la química, nos libraban de sus materias primas y de su mano de obra. Ya, tan esquilmados estaban, que costaba más dinero mantener los imperios que soltarlos. Es decir: darles la libertad, la independencia. Para eso teníamos a la izquierda, que acudió gustosa a todos los parlamentos en los años sesenta; con sus periódicos y sus manifestantes. Y allá les dejamos, solos, pobres, sin haber aprendido nada -apenas los catecismos-, con sus idiomas destrozados, sus tribus dispersas, unas fronteras raras: y sin lluvia y con pestes. Ah, también habían aprendido el uso de las armas: fueron nuestros ascaris y nuestros jenízaros. Otra cosa, no: pero misioneros y armas les seguimos mandando, y con ellas se matan, y a los misioneros se los roban unos a otros para que les curen. Ah, también les mandamos al Papa y a Clinton. Aquel, para mantener la idea de que el paraíso está más allá. El otro, para que sigan confiando en el hombre blanco. Y los dos para ganar fieles para sus distintas causas, que tantas veces coinciden: como en Polonia.