Martes
16 mayo
2000 - Nº 1474

La pasión oculta de Bogart

El célebre actor vivió del ajedrez en Nueva York, donde aún se juega en los parques

LEONTXO GARCÍA, Nueva York
Humprey Bogart jugó apasionadamente al ajedrez, primero para sobrevivir y luego por diversión. Alguna vez hizo trampa, y el FBI le investigó como sospechoso de espionaje a raíz de sus partidas por correspondencia. Todo empezó hace setenta años en Nueva York -en cuyos parques aún se juega a ajedrez-, donde un español, José Cuchí, organiza desde 1983 el torneo abierto más prestigioso del mundo.

La vida era muy dura hacia 1930, justo después de la gran depresión económica, para los actores jóvenes y casi desconocidos, como Bogart (1899-1957), que intentaba abrirse camino en Broadway. Pero él arregló el problema gracias al ajedrez, su otra gran pasión: jugaba partidas rápidas por dinero, a 50 centavos (casi 100 pesetas al cambio actual) cada una.

Quiso el destino que, cerca de un café neoyorquino donde se jugaba al ajedrez, Bogart compartiese piso con uno de esos peculiares individuos que tientan a los clientes a jugar por dinero y dejarse ganar, pero sólo de vez en cuando, con el fin de desplumarlos en las partidas siguientes. La especie aún no se ha extinguido: para comprobarlo, basta darse una vuelta por la plaza Washington o el Parque Central de Manhattan, donde gentes de toda raza y condición social disputan partidas a diario, con apuestas o sin ellas.

Algunos testigos dijeron que el actor derrotaba al supuesto experto con frecuencia. Tanta, que el dueño del café le ofreció el trabajo. Ya fuera por amistad o cualquier otra razón, el caso es que Bogart declinó la oferta, pero continuó jugando muchas partidas a 50 centavos por los cafés de la zona de Times Square. El ambiente debía parecerse bastante al que suele verse en los pasillos del hotel donde se disputa el Abierto de Nueva York, donde blancos, negros, asiáticos, judíos, árabes e indios, aficionados o profesionales, ricos o pobres, jóvenes o viejos, disputan partidas rápidas a cualquier hora del día, además de las oficiales del torneo que organiza Cuchí, un joyero heráldico que se trasladó hace 40 años de Madrid a Nueva York y todavía no ha vuelto. La única diferencia sustancial que cabe imaginar es la ausencia del humo de tabaco: para fumar hoy en Manhattan hay que marcharse a la calle o a bares y restaurantes muy específicos.

Muchos años más tarde, cuando ya era uno de los actores más taquilleros y un mito en ciernes, Bogart jugaba al ajedrez en Hollywood con apuestas de por medio, y de importantes sumas, según relata uno de sus biógrafos. No sólo eso: Bogart fue directivo de la Federación de Ajedrez de EE UU y de la Asociación de Ajedrecistas de California. Se conservan algunas -pocas- partidas suyas. Por ejemplo, una que perdió ante el maestro belga Limbos de la que fueron testigos Lauren Bacall y Katharine Hepburn.

El incidente con el FBI tiene puntos en común con los que sufrieron algunos ajedrecistas españoles durante el franquismo con miembros de la Guardia Civil, quienes confundían la transcripción de las jugadas en revistas soviéticas (en alfabeto cirílico) con posibles pruebas de militancia comunista. Los agentes federales interceptaron el correo de Bogart y sospecharon que sus partidas postales eran mensajes en clave.

El mítico actor hizo trampa al menos una vez, durante un traumático duelo con Mike Romanoff, dueño de un famoso restaurante de Hollywood, quien le ganó cien dólares tras derrotarle en 20 partidas seguidas. Escocido por el varapalo, el actor planeó la venganza: llamó a Romanoff para desafiarle a una partida telefónica por la misma cantidad. Ufano y confiado ante la perspectiva de doblar el capital sin esfuerzo, Romanoff aceptó, y fue masacrado en 20 movimientos. El biógrafo no precisa si la sorprendida víctima llegó a enterarse de que Bogart jugó esa partida con la ayuda de Herman Steiner, triple campeón de Estados Unidos y fundador de un club de ajedrez en Hollywood. Pero todo ello demuestra que las escenas de Bogart jugando al ajedrez -por ejemplo, en Casablanca- no fueron fruto de la casualidad sino de una pasión tan desmedida como poco aireada.